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Padres huérfanos

  • 10 feb 2025
  • 2 min de lectura

“Hay un período en el cual los padres quedamos huérfanos de nuestros hijos”.

Es que los niños crecen independientemente de nosotros, como árboles murmurantes y

pájaros imprudentes.  Crecen sin pedirle permiso a la vida. Crecen con una estridencia

alegre y, a veces, con alardeada arrogancia. Pero no crecen todos los días, crecen de

repente.

¡Un día se sientan cerca de nosotros y con una naturalidad increíble nos dicen cualquier

cosa que indica que esa criatura de pañales, ya creció! ¿Cuándo creció que no lo

percibimos?

¿Dónde quedaron las fiestas infantiles, el juego en la arena y los cumpleaños con

payasos? El niño crece en un ritual de obediencia orgánica y desobediencia civil.

Ahora estamos aquí, en la puerta de la discoteca, esperando no sólo que crezcan, sino

que aparezcan….

 Aquí estamos muchos padres al volante esperando que salgan zumbando sobre patines,

con sus cabellos largos y sueltos.

 Y allí están nuestros hijos, entre hamburguesas y refrescos en las esquinas. Con el

uniforme de su generación y sus incómodos y pesados morrales  en los hombros.

Acá estamos nosotros, con los cabellos canos.

Y esos son nuestros hijos, los que amamos a pesar de los golpes de vientos, de las

escasas cosechas de paz, de las malas noticias y la dictadura de las horas.

Ellos crecieron observando y aprendiendo con nuestros errores y nuestros aciertos.

 Principalmente con los errores que esperamos no se repitan.

Hay un período en el cual los padres vamos quedando huérfanos de los hijos.

Ya no los buscaremos más en las puertas de las discotecas y del cine. Pasó el tiempo del

piano, del fútbol, del ballet, de la natación, del béisbol…

Salieron del asiento de atrás y pasaron al volante de sus propias vidas.

Deberíamos haber ido más, junto a su cama al anochecer, para oír su alma respirando

conversaciones y confidencias entre las sabanas de la infancia. Deberíamos haber ido

más  a los adolescentes cubrecamas de aquellos cuartos con calcomanías, afiches,

agendas coloridas y discos ensordecedores.

Pero crecieron sin que agotáramos con ellos todo nuestro afecto.

Al principio fueron campo, playa, navidades, pascuas, piscinas y amigos.

Sí, había peleas en el auto por la ventana y la música de moda.  Después llega el tiempo

en que viajar con los padres comienza a ser un esfuerzo, un organizar las agendas y los

compromisos para coincidir en el mismo tiempo y el mismo lugar. Hay que negociar con

los nuevos proyectos y los primeros enamorados que nos juegan la batalla de compartir el

tiempo y el espacio.


Conforme van transcurriendo los siguientes años, nos convertimos en espectadores del

futuro que construyen y nuevamente el tiempo es nuestro. La soledad se hace presente

en casa y los rincones comienzan a llenarse de recuerdos.

Y nos llegó el momento en el cual sólo miramos de lejos,  deseando que escojan bien en

la búsqueda de la felicidad y conquisten el mundo del modo menos complejo posible.

 
 
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